martes, 23 de septiembre de 2008

¡¡¡ Vivo en California y me voy a suicidar !!!

Carol estaba un día ayudando en mostrador cuando recibió una llamada de una extraña diciendo que estaba a punto de suicidarse... Carol le dio credibilidad a la llamada y se tomó unos minutos para escuchar a la desdichada mujer.

Carol le preguntó de dónde era, y la mujer le contestó que vivía en el Sur de California, no muy lejos de la playa.

Carol le respondió: “¿Vives en California? ¿Cerca de la playa? ¿Sabes el frío que hace hoy en Nueva York? Estamos a trece grados bajo cero en el exterior! Yo casi me congelo viniendo al trabajo. Si yo fuera tú, me iría a la calle ahora mismo, me daría un largo paseo por la playa, y me sentaría al sol un rato. Eso es lo que haría si yo fuera tú.”

La mujer se calmó al momento y le agradeció a Carole el haber sido tan amable con ella.

Relato muy cinematográfico extraído de "La Escuela de Dirección y Negocios" de Donald J. Trump

viernes, 12 de septiembre de 2008

TODO DEPENDE DE UN CABELLO (Fredric Brown)

La esposa del señor Decker volvió de Haití.

Había ido sola. Habían decidido pasar un tiempo separados para arreglar luego amistosamente el divorcio. Pero eso nada había cambiado.

Se detestaban todavía un poco más que antes.

- Divide en dos partes - Exigió firmemente la señora Decker -. La mitad de tu dinero y de tus bienes.

- Es ridículo - Replicó con aspereza el señor Decker.

- ¿Ridiculo, eh? Si quisiera lo tendría todo. En Haití, he estudiado vudú.

- ¿Y qué?

- Que si no fuera una mujer honrada morirías por paralización del corazón. El vudú no deja huellas.

- ¡Tonterias! - Exclamó con superioridad el señor Decker.

- Bien, permíteme hacer la prueba. ¡Un trozo de uña o de cabello y verás!

­ ¡Patrañas! - Afirmó el buen señor Decker.

- Te hago una proposición, probamos. Si no da resultado, nos divorciamos y no pido nada. Si sale bien, heredo y me voy muy agradecida.

- De acuerdo - Dijo el señor Decker

- Trae cera y un alfiler.

Se miró las uñas.

- Demasiado cortas. Te daré un cabello.

Fue al cuarto de baño y volvió con un cabello en un tubo de aspirina. La señora Decker había ablandado ya la cera. Hundió en ella el cabello y la modeló groseramente en forma de ser humano.

- Lo lamentarás - Aseguró, mientras hundía la aguja en el pecho de la estatuilla. El señor Decker se sorprendió, pero de manera agradable. No creía en el vudú, pero era prudente. Además, siempre le había irritado que su mujer no limpiase nunca el peine.

FIN

domingo, 31 de agosto de 2008

Hombre del Sur (Roald Dahl)

Roald Dahl es tal vez uno de los escritores más prolíficos de los últimos tiempos, entre sus obras se cuentan varias novelas infantiles de gran éxito, entre las cuales se encuentra Charlie y la fábrica de chocolates, de la que pudimos ver en esta última temporada la adaptación a la pantalla grande realizada por Tim Burton. Pero es en sus cuentos en donde Dahl demuestra su verdadera maestría, hecho extravagante dado que en toda Europa el cuento es considerado un género menor. De genero fantástico, policial, de terror, eróticos, de suspense... Dahl ha abordado a lo largo de su carrera todos los géneros logrando a su vez una voz propia, reconocible por su tendencia al humor negro y los finales inesperados.
Cuento publicado en “Relatos de lo inesperado” (Tales of the Unexpected, 1979; adaptado por Hitchcock para su serie televisiva; y reelaborado por Q. Tarantino con distinto final en “Four Rooms”)

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Eran cerca de las seis. Fui al bar a pedir una cerveza y me tendí en una hamaca a tomar un poco el sol de la tarde.

Cuando me trajeron la cerveza, me dirigí a la piscina pasando por el jardín.

Era muy bonito, lleno de césped, flores y grandes palmeras repletas de cocos. El viento soplaba fuerte en la copa de las palmeras, y las palmas, al moverse, hacían un ruido parecido al fuego. Grandes racimos de cocos colgaban de las ramas.

Había muchas hamacas alrededor de la piscina, así como mesitas y toldos multicolores; hombres y mujeres bronceados por el sol estaban sentados aquí y allá en traje de baño. Dentro de la piscina multitud de chicos y chicas chapoteaban, gritando y jugando al waterpolo, un poco en serio y un poco en broma.

Me quedé mirándolos. Las chicas eran unas inglesas del hotel en que me hospedaba. A los chicos no los conocía, pero parecían americanos, seguramente cadetes navales llegados en un barco militar que había anclado en el puerto aquella mañana.

Llegué hasta allí y me metí bajo un toldo amarillo donde había cuatro asientos vacíos, me serví la cerveza y me arrellané cómodamente con un cigarrillo entre los dedos.

Los marinos americanos congeniaban bien con las inglesas. Buceaban juntos bajo el agua y las hacían subir a la superficie tomándolas por las piernas.

En aquel momento distinguí a un hombrecito de edad, que caminaba rápidamente por el mismo borde de la piscina. Llevaba un traje blanco, inmaculado, y caminaba muy aprisa, dando un saltito a cada paso. Llevaba en la cabeza un gran sombrero de paja e iba a lo largo de la piscina mirando a la gente y a las hamacas.

Se paró frente a mí y me sonrió, enseñándome dos hileras de dientes pequeños y desiguales, ligeramente deslustrados.

Yo también le sonreí.

—Perdón. ¿Me puedo sentar aquí?

—Claro —dije yo—, tome asiento.

Dio la vuelta a la silla y la inspeccionó para su seguridad. Luego se sentó y cruzó las piernas. Llevaba sandalias de cuero, abiertas, para evitar el calor.

—Una tarde magnífica —dijo—; las tardes son maravillosas aquí, en Jamaica.

No estaba yo seguro de si su acento era italiano o español, pero lo que sí sabía de cierto era que procedía de Sudamérica, y además se le veía viejo, sobre todo cuando se lo miraba de cerca. Tendría unos sesenta y ocho o setenta años.

—Sí —dije yo—, esto es estupendo.

—¿Y quiénes son ésos?, pregunto yo. No son del hotel, ¿verdad?

Señalaba a los bañistas de la piscina.

—Creo que son marinos americanos —le expliqué—, mejor dicho, cadetes.

—¡Claro que son americanos! ¿Quiénes si no iban a hacer tanto ruido? Usted no es americano, ¿verdad?

—No —dije yo—, no lo soy.

De repente uno de los cadetes americanos se detuvo frente a nosotros. Estaba completamente mojado porque acababa de salir de la piscina. Una de las inglesas le acompañaba.

—¿Están ocupadas estas sillas? —preguntó.

—No —contesté yo.

—¿Les importa que nos sentemos?

—No.

—Gracias —dijo.

Llevaba una toalla en la mano, y al sentarse sacó un paquete de cigarrillos y un encendedor. Le ofreció a la chica, pero ella rehusó; luego me ofreció a mí y acepté uno. El hombrecito, por su parte, dijo:

—Gracias, pero creo que tengo un cigarro puro.

Sacó una pitillera de piel de cocodrilo y cogió un purito. Luego sacó una especie de navaja provista de unas tijerillas y cortó la punta del cigarro puro.

—Yo le daré fuego —dijo el muchacho americano, tendiéndole el encendedor.

—No se encenderá con este viento.

—Claro que se encenderá. Siempre ha ido bien. El hombrecito sacó el cigarro de su boca y dobló la cabeza hacia un lado, mirando al muchacho con atención.

¿Siempre? —dijo casi deletreándolo.

—¡Claro! Nunca falla, por lo menos a mí nunca me ha fallado.

El hombrecito continuó mirando al muchacho.

—Bien, bien, así que usted dice que este encendedor no falla nunca. ¿Me equivoco?

—Eso es —dijo el muchacho.

Tendría unos diecinueve o veinte años y su rostro, al igual que su nariz, era alargado. No estaba demasiado bronceado y su cara y su pecho estaban completamente llenos de pecas. Tenía el encendedor en la mano derecha, preparado para hacerlo funcionar.

—Nunca falla —dijo sonriendo porque ahora exageraba su anterior jactancia intencionadamente—, le prometo que nunca falla.

—Un momento, por favor.

La mano que sostenía el cigarro se levantó como si estuviera parando el tráfico. Tenía una voz suave y monótona; miraba al muchacho con insistencia.

—¿Qué le parece si hacemos una pequeña apuesta? —le dijo sonriendo—. ¿Apostamos sobre si enciende o no su mechero?

—Apuesto —dijo el chico—. ¿Por qué no?

—¿Le gusta apostar?

—Sí, siempre lo hago.

El hombre hizo una pausa y examinó su puro y debo confesar que a mí no me gustaba su manera de comportarse. Parecía querer sacar algo de todo aquello y avergonzar al muchacho. Al mismo tiempo, me pareció que se guardaba algún secreto para sí mismo.

Miró de nuevo al americano y dijo despacio:

—A mí también me gusta apostar. ¿Por qué no hacemos una buena apuesta sobre esto? Una buena apuesta —repitió recalcándolo.

—Oiga, espere un momento —dijo el cadete—. Le apuesto veinticinco centavos o un dólar, o lo que tenga en el bolsillo; algunos chelines, supongo.

El hombrecillo movió su mano de nuevo.

—Óigame, nos vamos a divertir: hacemos la apuesta. Luego subimos a mi habitación del hotel al abrigo del viento y le apuesto a que usted no puede encender su encendedor diez veces seguidas sin fallar.

—Le apuesto a que puedo —dijo el muchacho americano.

—De acuerdo, entonces..., ¿hacemos la apuesta?

—Bien, le apuesto cinco dólares.

—No, no, hay que hacer una buena apuesta. Yo soy un hombre rico y deportivo. Ahora, escúcheme. Fuera del hotel está mi coche. Es muy bonito. Es un coche americano, de su país, un Cadillac...

—¡Oiga, oiga, espere un momento! —el chico se recostó en la hamaca y sonrió—. No puedo consentir que apueste eso, es una locura.

—No es una locura. Usted enciende su mechero y el Cadillac es suyo. Le gustaría tener un Cadillac, ¿verdad?

—Claro que me gustaría tener un Cadillac —el cadete seguía sonriendo.

—De acuerdo, yo apuesto mi Cadillac.

—¿Y qué apuesto yo? —preguntó el americano.

El hombrecito quitó cuidadosamente la vitola del cigarro todavía sin encender.

—Yo no le pido, amigo mío, que apueste algo que esté fuera de sus posibilidades. ¿Comprende?

—Entonces, ¿qué puedo apostar?

—Se lo voy a poner fácil. ¿De acuerdo?

—De acuerdo, póngamelo fácil.

—Tiene que ser algo de lo cual usted pueda desprenderse y que en caso de perderlo no sea motivo de mucha molestia. ¿Le parece bien?

—¿Por ejemplo?

—Por ejemplo, el dedo meñique de su mano izquierda.

—¿Mi qué? —dejó de reír el muchacho.

—Sí. ¿Por qué no? Si gana se queda con mi coche. Si pierde, me quedo con su dedo.

—No le comprendo. ¿Qué quiere decir quedarse con mi dedo?

—Se lo corto.

—¡Rayos y truenos! ¡Eso es una locura! Apuesto un dólar. El hombrecito se reclinó en su asiento y se encogió de hombros.

—Bien, bien, bien —dijo—. No lo entiendo. Usted dice que su mechero se enciende, pero no quiere apostar. Entonces, ¿lo olvidamos?

El muchacho se quedó quieto mirando a los bañistas de la piscina. De repente se acordó de que tenía el cigarrillo entre sus dedos. Lo acercó a sus labios, puso las manos alrededor del encendedor y lo encendió. Al momento, apareció una pequeña llama amarillenta. El americano ahuecó las manos de tal forma que el viento no pudiera apagar la llama.

—¿Me lo deja un momento? —le dije.

—¡Oh, perdón! Me olvidé de que usted también tenía el cigarrillo sin encender.

Alargué la mano para coger el encendedor, pero se incorporó y se acercó para encendérmelo él mismo.

—Gracias —le dije. El volvió a su sitio.

—¿Se divierte? ¿Lo pasa bien? —le pregunté.

—Estupendo —me contestó—, esto es precioso.

Hubo un silencio. Me di cuenta de que el hombrecito había logrado perturbar al chico con su absurda proposición. Estaba sentado muy quieto, y era evidente que la tensión se iba apoderando de él. Empezó a moverse en su asiento, a rascarse el pecho, a acariciarse la nuca y finalmente puso las manos en las rodillas y empezó a tamborilear con los dedos. Pronto empezó a dar golpecitos con un pie, incómodo y nervioso.

—Bueno, veamos en qué consiste esta apuesta —dijo al fin—, usted dice que vamos a su cuarto y si mi mechero se enciende diez veces seguidas, gano un Cadillac. Si me falla una vez, entonces pierdo el dedo meñique de la mano izquierda. ¿Es eso?

—Exactamente, ésa es la apuesta.

—¿Qué hacemos si pierdo? ¿Deberé sostener mi dedo mientras usted lo corta?

—¡Oh, no! Eso no daría resultado. Podría ser que usted no quisiera darme su dedo. Lo que haríamos es atar una de sus manos a la mesa antes de empezar y yo me pondría a su lado con una navaja, dispuesto a cortar en el momento en que su encendedor fallase.

—¿De qué año es el Cadillac? —preguntó el chico.

—Perdón, no le entiendo.

—¿De qué año..., cuánto tiempo hace que tiene usted ese Cadillac?

—¡Oh! ¿Cuánto tiempo? Sí, es del año pasado, está completamente nuevo, pero veo que no es un jugador. Ningún americano lo es.

Hubo una pausa. El muchacho miró primero a la inglesa y luego a mí.

—Sí —dijo de pronto—. Apuesto.

—¡Magnífico! —el hombrecito juntó las manos por un momento—. ¡Estupendo! Ahora mismo. Y usted, señor —se volvió hacia mí—, será tan amable de hacer de... ¿Cómo lo llaman ustedes? ¿Árbitro? ¿Juez?

Tenía los ojos muy claros, casi sin color, y sus pupilas eran pequeñas y negras.

—Bueno —titubeé yo—, esto me parece una tontería. No me gusta nada.

—A mí tampoco —dijo la inglesa. Era la primera vez que hablaba—. Considero esta apuesta estúpida y ridícula.

—¿Le cortará de veras el dedo a este chico si pierde? —pregunté yo.

—¡Claro que sí! Yo le daré el Cadillac si gana. Bueno, vamos a mi habitación. Se levantó.

—¿Quiere vestirse antes? —le preguntó.

—No —contestó el chico—. Iré tal como voy.

—Consideraría un favor que viniera usted con nosotros y actuara como árbitro. Se volvió hacia mí.

—Muy bien, iré. Pero no me gusta nada esta apuesta.

—Venga usted también —dijo a la chica—. Venga y mirará.

El hombrecito se dirigió por el jardín hacia el hotel. Se le veía animado y excitado y al andar daba más saltitos que nunca.

—Vivo en el anexo —dijo—. ¿Quieren ver primero el coche? Está aquí.

Nos llevó hasta el aparcamiento del hotel y nos señaló un elegante Cadillac verde claro, aparcado en el fondo.

—Es aquel verde. ¿Le gusta?

—Es un coche precioso —contestó el cadete.

—Muy bien, vamos arriba y veamos si lo gana.

Le seguimos al anexo y subimos las escaleras. Abrió la puerta y entramos en una habitación doble, espaciosa, agradable. Había una bata de mujer a los pies de una de las camas.

—Primero tomaremos un martini —dijo tranquilamente.

Las bebidas estaban en una mesilla, dispuestas para ser mezcladas. Había una coctelera, hielo y muchos vasos. Empezó a preparar el martini.

Mientras tanto había hecho sonar la campanilla; se oyeron unos golpecitos en la puerta y apareció una doncella negra.

—¡Ah! —exclamó é! dejando la botella de ginebra.

Sacó del bolsillo una cartera y le dio una libra a la doncella.

—Me va a hacer un favor. Quédese con esto. Vamos a hacer un pequeño juego aquí. Quiero que me consiga dos..., no, tres cosas. Quiero algunos clavos; un martillo y un cuchillo de los que emplean los carniceros. Lo encontrará en la cocina. ¿Podrá conseguirlo?

¡Un cuchillo de carnicero! —la doncella abrió mucho los ojos y dio una palmada con las manos—. ¿Quiere decir un cuchillo de carnicero de verdad?

Sí, exactamente. Vamos, por favor, usted puede encontrarme esas cosas.

—Sí, señor, lo intentaré. Haré todo lo posible por conseguir lo que pide.

Después de estas palabras salió de la habitación.

El hombrecito fue repartiendo los martinis. Los bebimos con ansiedad, el muchacho delgado y pecoso, vestido únicamente con el traje de baño; la chica inglesa, rubia y esbelta, que vestía un bañador azul claro y no dejaba de mirar al muchacho por encima de su vaso; el hombrecito de ojos claros, con su traje blanco, inmaculado, que miraba a la chica del traje de baño azul claro. Yo no sabía qué hacer. La apuesta iba en serio y el hombre estaba dispuesto a cortar el dedo de su rival en caso de que perdiera. Pero, ¡diablos!, ¿y si el chico perdía? Tendríamos que llevarlo urgentemente al hospital en el Cadillac que no había podido ganar. Tendría gracia, ¿no es cierto?

En mi opinión, no habría por qué llegar a ese extremo.

—¿No les parece una apuesta muy tonta? —dije yo.

—Yo creo que es una buena apuesta —contestó el chico. Ya se había tomado un martini doble.

—Me parece una apuesta estúpida y ridícula —dijo la chica—. ¿Qué pasará si pierdes?

—No importa. Pensándolo un poco, no recuerdo haber usado jamás en mi vida el dedo meñique de mi mano izquierda. Aquí está —el chico se cogió el dedo—. Y todavía no ha hecho nada por mí. ¿Por qué no voy a apostármelo? Yo creo que es una apuesta estupenda.

El hombrecito sonrió y tomó la coctelera para volver a llenar los vasos.

—Antes de empezar —dijo— le entregaré al árbitro la llave del coche.

Sacó la llave de su bolsillo y me la dio.

—Los papeles de propiedad y del seguro están en el coche —añadió.

La doncella volvió a entrar. En una mano llevaba un cuchillo de los que usan los carniceros para cortar los huesos de la carne, y en la otra un martillo y una bolsita con clavos.

—¡Magnífico! ¿Lo ha conseguido todo? ¡Gracias, gracias! Ahora puede marcharse.

Esperó a que la doncella cerrara la puerta y entonces puso los objetos en una de las camas y dijo:

—Ahora nos prepararemos nosotros. Luego se dirigió al muchacho:

—Ayúdeme, por favor, a levantar esta mesa. La vamos a correr un poco.

Era una mesa de escritorio del hotel, una mesa corriente, rectangular, de metro veinte por noventa, con papel secante, plumas y papel. La pusieron en el centro de la habitación y retiraron las cosas de escribir.

—Ahora —dijo— lo que necesitamos es un cordel, una silla y los clavos.

Cogió la silla y la puso junto a la mesa. Estaba tan animado como la persona que organiza juegos en una fiesta infantil.

—Ahora hay que colocar los clavos.

Los clavó en la mesa con el martillo.

Ni el muchacho ni la chica ni yo nos movimos de donde estábamos. Con nuestros martinis en la mano, observábamos el trabajo del hombrecito. Le vimos clavar dos clavos en la mesa a quince centímetros de distancia.

No los clavó del todo; dejó que sobresaliera una pequeña parte. Luego comprobó su firmeza con los dedos.

“Cualquiera diría que este hijo de puta ya lo ha hecho antes —pensé yo—. No duda un momento. La mesa, los clavos, el martillo, el cuchillo de cocina. Sabe exactamente lo que necesita y cómo arreglarlo.”

—Ahora el cordel —dijo alargando la mano para tomarlo—, muy bien, ya estamos listos. Por favor, ¿quiere sentarse? —le dijo al chico.

El muchacho dejó su vaso y se sentó.

—Ahora ponga la mano izquierda entre esos dos clavos para que pueda atársela donde corresponda. Así, muy bien. Bueno, ahora le ataré la mano a la mesa.

Puso el cordel alrededor de la muñeca del chico, luego lo pasó varias veces por la palma de la mano y lo ató fuertemente a los clavos. Hizo un buen trabajo. Cuando hubo terminado, al muchacho le era imposible despegar la mano de la mesa, pero podía mover los dedos.

—Por favor, cierre el puño, excepto el dedo meñique. Tiene que dejar ese dedo alargado sobre la mesa. ¡Excelente! ¡Excelente! Ahora ya estamos dispuestos. Coja el encendedor con su mano derecha..., pero ¡espere un momento, por favor!

Fue hacia la cama y cogió el cuchillo. Volvió y se puso junto a la mesa, empuñando con firmeza el arma cortante.

—¿Preparados? —dijo—. Señor arbitro, puede dar la orden de comenzar.

La inglesa estaba de pie, justo detrás del muchacho, sin decir una palabra. El chico estaba sentado sin moverse, con el encendedor en la mano derecha mirando el cuchillo. El hombrecito me miraba.

—¿Está preparado? —le pregunté al muchacho.

—Preparado.

—¿Y usted? —al hombrecito.

—Preparado también.

Levantó el cuchillo al aire y lo colocó a cierta distancia del dedo del chico, dispuesto a cortar. El muchacho le observaba sin mover un miembro de su cuerpo. Simplemente frunció las cejas y le miró ceñudamente.

—Muy bien —dije yo—, empiecen.

El muchacho me hizo una petición antes de comenzar:

—¿Quiere contar en voz alta el número de veces que lo enciendo? Por favor.

—Sí, lo haré.

Levantó la tapa del mechero y con el mismo dedo dio una vuelta a la ruedita. La piedra chispeó y apareció una llama amarillenta.

—¡Uno! —dije yo.

No apagó la llama, sino que colocó la tapa en su sitio y esperó unos segundos antes de volverlo a encender.

Dio otra fuerte vuelta a la rueda y de nuevo apareció la pequeña llama al final de la mecha.

—¡Dos!

El silencio era total. El muchacho tenía los ojos puestos en el encendedor. El hombrecito tenía el cuchillo en el aire y también miraba al encendedor.

—¡Tres!

—¡Cuatro!

—¡Cinco!

—¡Seis!

—¡Siete!

Desde luego era un mechero de los que funcionan a la perfección. La piedra chisporroteó y la mecha se encendió. Observé el pulgar bajar la tapa y apagar la llama. Luego, una pausa. El pulgar volvió a subirla otra vez. Era una operación de pulgar, este dedo lo hacía todo.

Respiré, dispuesto a decir ocho. El pulgar accionó la rueda, la piedra chispeó y la pequeña llama brilló de nuevo.

—¡Ocho! —dije yo al tiempo que se abría la puerta. Nos volvimos todos a la vez y vimos a una mujer en la puerta, una mujer pequeña y de pelo negro, bastante vieja, que se precipitó gritando:

—¡Carlos, Carlos!

Le agarró la muñeca y le cogió el cuchillo, lo arrojó a la cama, aferró al hombrecito por las solapas de su traje blanco y lo sacudió vigorosamente, hablando al mismo tiempo aprisa y fuerte en un idioma que parecía español. Lo sacudía tan fuerte que no se le podía ver. Se convirtió en una línea difusa y móvil como el radio de una rueda.

Cuando paró y volvimos a ver al pequeño hombrecito, ella le dio un empujón y lo tiró a una de las camas como si se tratara de un muñeco. Él se sentó en el borde y cerró los ojos, moviendo la cabeza para ver si todavía podía torcer el cuello.

—Lo siento —dijo la mujer—, siento mucho que haya pasado esto.

Hablaba un inglés bastante correcto.

—Es horrible —continuó ella—. Supongo que todo ha ocurrido por mi culpa. Le he dejado solo durante diez minutos para lavarme el cabello y ha vuelto a hacer de las suyas.

Se la veía disgustada y preocupada.

El muchacho se estaba desatando la mano de la mesa. La inglesa y yo no decíamos ni una palabra.

—Es una seria amenaza —dijo la mujer—. Donde nosotros vivimos ha cortado ya cuarenta y siete dedos a diferentes personas y ha perdido once coches. Últimamente le amenazaron con quitarle de en medio. Por eso lo traje aquí.

—Sólo habíamos hecho una pequeña apuesta —murmuró el hombrecito desde la cama.

—Supongo que habrá apostado un coche —dijo la mujer.

—Sí —contestó el cadete—, un Cadillac.

—No tiene coche. Ése es el mío, y esto agrava las cosas —dijo ella—, porque apuesta lo que no tiene. Estoy avergonzada y lo siento muchísimo.

Parecía una mujer muy simpática.

—Bueno —dije yo—, aquí tiene la llave de su coche. La puse sobre la mesa.

—Sólo estábamos haciendo una pequeña apuesta —murmuró el hombrecito.

—No le queda nada que apostar —dijo la mujer—, no tiene nada en este mundo, nada. En realidad, yo se lo gané todo hace ya muchos años. Me llevó mucho, mucho tiempo, y fue un trabajo muy duro, pero al final se lo gané todo.

Miró al muchacho y sonrió tristemente. Luego alargo la mano para coger la llave que estaba encima de la mesa.

Todavía ahora recuerdo aquella mano: sólo le quedaba un dedo y el pulgar.

jueves, 28 de agosto de 2008

Relato en 15 líneas (muy cinematográfico)

PRIMER PREMIO RELATOS HIPERBREVES 2002
TITULO: MI HERMANO
AUTOR: Rafael Novoa

Nunca le perdoné a mi hermano gemelo que me abandonara durante siete minutos en la barriga de mamá, y me dejara allí, solo, aterrorizado en la oscuridad, flotando como un astronauta en aquel líquido viscoso, y oyendo al otro lado cómo a él se lo comían a besos. Fueron los siete minutos más largos de mi vida, y los que a la postre determinarían que mi hermano fuera el primogénito y el favorito de mamá. Desde entonces salía antes que Pablo de todos los sitios: de la habitación, de casa, del colegio, de misa, del cine —aunque ello me costara el final de la película. Un día me distraje y mi hermano salió antes que yo a la calle, y mientras me miraba con aquella sonrisa adorable, un coche se lo llevó por delante. Recuerdo que mi madre, al oír el golpe, salió de la casa y pasó ante mí corriendo y gritando mi nombre, con los brazos extendidos hacia el cadáver de mi hermano. Yo nunca la saqué del error.

http://www.literaturas.com/faroni/

miércoles, 27 de agosto de 2008

Diálogo y algunas curiosidades sobre Tarantino

INTERIOR DE UN CHEVY DEL 74 (en movimiento) –

POR LA MAÑANA
Un viejo, destartalado y sudo Chevy Nova blanco del 74 avanza rápidamente por una calle donde abundan las gentes sin hogar, en Hollywood. En los asientos delanteros van dos hombres jóvenes,
uno blanco y uno negro; ambos llevan trajes negros baratos, con delgadas corbatas negras bajo largos abrigos negros. Sus nombres son VINCENT VEGA (blanco) y JULES WINNFIELD (negro). Jules es el que conduce.
JULES: Está bien, ahora háblame de los bares de hachís.
VINCENT: ¿Qué quieres saber?
JULES: Bueno, el hachís es legal allí, ¿no?
VINCENT: Sí, es legal, pero no lo es al ciento por ciento. Es decir, no puedes entrar en un restaurante, liarte un canuto y empezar a fumarlo como si nada. Se supone que sólo puedes fumarlo en tu casa o en ciertos lugares ya designados.
JULES: ¿Y esos son los bares de hachís?
VINCENT: Sí. Las cosas funcionan de este modo: es legal comprarlo, es legal poseerlo y, si eres el propietario de un bar de hachís, es legal venderlo. También es legal llevarlo encima, lo que realmente no importa porque, y fíjate bien en esto, si los polis te detienen, es ilegal que te
registren. Los polis de Amsterdam no tienen derecho a registrar a la gente.
JULES: Esto es todo lo que necesito saber, muchacho. Vaya
si me voy a marchar allí. Desde luego que me marcho.
VINCENT: Le sacarías mucho provecho. Pero ¿sabes qué es lo más divertido de Europa?
JULES: ¿Qué?
VINCENT: Las pequeñas diferencias. Allí tienen la mayor parte de la misma mierda que tenemos aquí, pero allí hay una pequeña diferencia.
JULES: ¿Como por ejemplo?
VINCENT: Bueno, en Amsterdam puedes comprar cerveza en un cine. Y ni siquiera te la sirven en un vaso de papel. No, nada de eso. Te la sirven en una copa de cristal, como en un bar. En París, puedes comprar cerveza en un MacDonald’s. ¿Y sabes cómo llaman a una hamburguesa
de un cuarto de libra con queso en París?
JULES: ¿No lo llaman un cuarto de libra con queso?
VINCENT: Nada de eso. Allí emplean el sistema métrico, y ni siquiera saben lo que es un jodido cuarto de libra.
JULES: Entonces, ¿cómo lo llaman?
VINCENT: Royale con queso.
JULES (repitiendo).: Royale con queso. ¿Y cómo llaman al Big Mac?
VINCENT: Bueno, un Big Mac es un Big Mac, pero lo llaman Le Big Mac.
JULES: ¿Y cómo llaman al Whopper?
VINCENT: No lo sé. No entré en un Burger King. Pero ¿sabes lo que le ponen a las patatas fritas en Holanda, en lugar de ketchup?
JULES: ¿Qué?
VINCENT: Mayonesa.
JULES: ¡Joder!
VINCENT: Yo lo he visto. Y no ponen precisamente un poco en un lado del plato, sino que las ahogan en mayonesa.
JULES: ¡Aaagh!


Curiosidades:
  • Una de las marcas de Tarantino son los característicos planos desde el interior de un maletero que aparecen en todas y cada una de sus películas. Además, en todas, hay un cuerpo humano dentro de dicho maletero (vivo o muerto).
  • Fetichista de los pies: Es normal en sus filmes que las actrices exhiban sus pies descalzos y en ocasiones en primer plano.
  • Otra curiosidad es el Zippo que aparece también en todas sus películas.
    • En Reservoir Dogs lo tienen Michael Madsen y Harvey Keitel.
    • En Pulp Fiction lo tiene John Travolta.
    • En Jackie Brown lo tiene Samuel L. Jackson.
    • En Four Rooms lo tiene Paul Calderon.
    • En Kill Bill lo lleva Michael Madsen de nuevo.
    • En Death Proof lo tiene Kurt Russell.
    • Y en el cartel del whisky White Label lo lleva el propio Tarantino.
  • En todas sus películas la gente fuma cigarrillos "Red Apple"
  • En algunas películas suyas la gente consume hamburguesas hawaianas inventadas por el propio Tarantino, concretamente las "Big Kahuna Burgers"
  • En la mayoría de sus películas aparecen serpientes
  • En todas hay escenas sangrientas
  • El vocabulario normalmente es vulgar
  • Normalmente hay giros y comentarios discriminatorios hacia negros y judíos, aunque ese no es el tema central de los diálogos
  • La película "Grind House" la dirigió junto al director Robert Rodríguez. Cada director escribe y dirige su propio guión de una hora de duración.

lunes, 25 de agosto de 2008

El "Personaje Principal"

Hay películas que las recordamos, no por lo que sucede en ellas, sino por el personaje principal, el protagonista. Michael Corleone en El Padrino o Rick en Casablanca.

Michael Corleone al principio de El Padrino, es inocente, tiene un gran sentido moral, un hombre de principios. Al final es un amargado, cruel y asesino.

Rick en Casablanca se nos presenta como un tipo sin convicciones que solo atiende a sus asuntos económicos. Al final recupera su condición de luchador contra los nazis y es capaz de dejar marchar a Victor Lazlo (héroe de la resistencia) con la mujer a la que ama.

Samuel L. Jackson, uno de los actores de Pulp Fiction, decía: “solo leo guiones guiados por sus personajes, no por la acción. Soy un actor de personajes. Después de todo, ¿quién recuerda la acción?

Aristóteles ya dijo que todos los personajes experimentan un cambio a lo largo de la narración.

Últimamente es bastante usual encontrar en los periódicos noticias en las que un juez condena a conductores que rebasan el nivel permitido de alcohol en sangre a realizar servicios sociales, así como asistir a charlas con el fin de rehabilitarse.

Puede ser el germen de una historia. Un conductor que un buen día le pilla la guardia civil con algo más de alcohol en el cuerpo y es condenado a realizar servicios sociales en: Hospitales, Psiquiátricos, Tanatorios, Policía, Bomberos, ..... con esta premisa podemos meter al personaje en cualquier situación que se nos ocurra y obligarlo a tener una experiencia que le haga cambiar.

Juan

lunes, 18 de agosto de 2008

Historias telefónicas...

Creo que sigue habiendo mucho tema para narrar visualmente historias relacionadas con llamadas telefónicas, teléfonos móviles, fijos, confusiones, etc.

Al igual que en el mini-guión que escribí hace tiempo (al principio de crearse el grupo de cine), que se llamaba algo así cómo "historias del móvil", os pongo aquí un cuento que me he encontrado por Internet para que le echéis un vistazo y comentéis lo que os parezca. (
Lo siento pero no ponía el autor, aunque tiene pinta de leyenda urbana)

-------------------- EL HIJOPUTA ----------------
Estaba sentado el otro día delante de mi ordenador cuando me acordé que tenía que llamar por teléfono a un compañero.

Descolgué el auricular y marqué el número de memoria. Me contestó un tipo con muy mal humor diciendo:

“¿Qué quiere?”.

“Soy Ignacio Martínez, ¿podría hablar con Roberto Espárrago?” dije amablemente.

“Te has equivocado, gilipollas”, me respondió y acto seguido colgó. No daba crédito a lo que me estaba ocurriendo. Cogí mi agenda para buscar el número de mi compañero y comprobé que, efectivamente, me había equivocado. Pero como aún recordaba el número “erróneo” que había marcado anteriormente, decidí volver a llamar a aquel tipo y cuando me cogió el teléfono no esperé a que contestase y le dije:

“Eres un hijoputa”, y colgué rápidamente. Inmediatamente apunte aquel número en mi agenda junto a la palabra “hijoputa”.

Cada dos o tres semanas, cada vez que estaba cabreado porque me llegaba una letra inesperada, o un aviso de multa, o discutía con mi mujer, o alguna situación por el estilo volvía a llamarlo y sin dejarle contestar le decía: “Eres un hijoputa”. Esto me servía de algún modo como terapia y me hacía sentirme mucho más relajado.

Unos meses después, la maldita Telefónica introdujo el servicio de identificación de llamadas, lo cual me deprimió un poco porque tuve que dejar de llamar al “hijoputa”.

Pero de repente, un día se me ocurrió una idea. Marqué su número de teléfono y cuando escuché su voz le dije: “Hola, le llamo del departamento de ventas de Telefónica para ver si conoce nuestro servicio de identificación de llamadas”. “No” me dijo el tío grosero, y me colgó el teléfono. Rápidamente lo volví a llamar y le dije: “Eres un hijoputa”.

Un mes después, estaba yo esperando con mi coche a que una anciana saliera de la plaza de aparcamiento del Hipercor. Esta lo hacía muy lentamente y cuando terminó la maniobra y me disponía yo a ocupar la plaza libre, apareció un Golf GTI negro a toda velocidad y se metió en el hueco que iba yo a ocupar. Comencé a tocar el claxon y a gritar: “¡Eh, oiga!, ¡que estaba yo esperando!, ¡no puede hacer eso!”.

El tipo del Golf se bajo, cerró el coche y se fue hacia el centro comercial ignorándome como si no me hubiera oído. Yo me quedé completamente frustrado y pensé: “Este tío es un hijoputa. El mundo está lleno de ellos”.

Justo en ese momento vi un letrero de “SE VENDE” en el cristal de atrás del Golf. Lógicamente anoté el número y me fui a buscar otra plaza de aparcamiento.

A los dos o tres días, vi en mi agenda el número del “hijoputa” y me acordé que había anotado el número del tipo del Golf. Inmediatamente le llamé y le dije: “Buenos días. ¿Es usted el dueño del Golf GTI negro que se vende?”

“Sí, yo mismo”

“¿Podría decirme donde puedo ver el coche?”

“Sí, por supuesto. Yo vivo en la calle de Don Ramón de la Cruz esquina con Montesa, es un bloque amarillo y el coche esta aparcado justo enfrente de la casa.”

“¿Cómo se llama usted?”

“Enrique Juárez.”

“¿Que hora sería la mejor para encontrarme con usted y discutir los detalles de la operación, Enrique?”

“Pues yo suelo estar en casa por las noches.”

“¿Puedo decirle algo, Enrique?”

“Si, claro.”

“Enrique, eres un hijoputa de la leche”, y colgué el teléfono. Inmediatamente después de colgar anoté el número en mi agenda al lado del otro, pero en este puse el nombre de “hijoputa II”. Ahora tenía dos “hijoputas” para llamar, y así estuve durante dos o tres meses, llamando ahora a uno, ahora a otro; hasta que comenzaba a aburrirme un poco.

Me puse a pensar en serio sobre como resolver este problemilla y al cabo de un par de whiskies se me ocurrió algo.

Primero llamé al “hijoputa I”:

“Dígame”

“Hola hijoputa” - pero esta vez no colgué.

“¿Estas ahí todavía, verdad, cabrón?”

“Si, hijoputa”.

“Deja ya de llamarme o ….”

“Noooooo”.

“Si supiera quien eres te rompía la boca”, me dijo.

“Me llamo Enrique Juárez y si tienes cojones vienes a buscarme. Vivo en la calle Don Ramón de la Cruz esquina Montesa, en un bloque amarillo, justo en la puerta donde hay aparcado un Golf GTI negro, so hijoputa”

“¡¡¡Ahora mismo voy para allá!!! Tu sí que eres un hijoputa y ya puedes ir rezando todo lo que sepas. Te voy a matar a hostias”

“¿Si?. ¡Que miedo me das, hijoputa!” y colgué el teléfono. Seguidamente llame al hijoputa II:

“Dígame.”

“Hola hijoputa” y no colgué.

“Como te pille algún día…”

“¿Que me vas a hacer, hijoputa?”

“Te voy a patear las tripas, pedazo de cabrón.”

“¿Sí?, pues a ver si es verdad, hijoputa. Ahora mismo voy hacia tu casa” y colgué.

Por ultimo, cogí el teléfono y llame a la policía. Les dije que estaba en la calle Don Ramón de la Cruz esquina con Montesa y que iba a matar a mi novio homosexual en cuanto llegara a casa. Luego hice otra llamada rápida a “Madrid directo” y les dije que iba a haber una pelea de pandillas en la calle Don Ramón de la Cruz esquina Montesa. Y entonces me monté en mi coche y me fui para allá a toda leche. Te juro que es una experiencia que nunca olvidaré. La mayor pelea que he visto en mi vida. Hasta los cámaras de Telemadrid se llevaron lo suyo.

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